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La inteligencia emocional en la
empresa
José
Luis Hernandez
La inteligencia emocional es dos veces más importante que las destrezas
técnicas o el coeficiente intelectual para determinar el desempeño de la alta
gerencia’.
En 1990 dos psicólogos norteamericanos, el Dr. Peter Salovey y el Dr. John
Mayer, acuñaron un término cuya fama futura era difícil de imaginar. Ese
término es ‘inteligencia emocional’.
Hoy, a casi diez años de esa ‘presentación en sociedad’, pocas personas de los
ambientes culturales, académicos o empresariales ignoran el término o su
significado. Y esto se debe, fundamentalmente, al trabajo de Daniel Goleman.
En los años ochenta, un modelo precursor de la inteligencia emocional (aún sin
ese nombre tan explícito) había sido propuesto por Reuven Bar-On, psicólogo
israelí. Y en años recientes, otros teóricos han desarrollado variaciones de
la misma teoría, por ejemplo, el Dr. Hendrie Weisinger, con su interesante
obra ‘La inteligencia emocional en el trabajo’.
Pero fue Daniel Goleman, investigador y periodista del New York Times, quien
llevó el tema al centro de la atención en todo el mundo, a través de sus obras
‘La inteligencia emocional’ (1995) y ‘La inteligencia emocional en la empresa’
(1999).
El nuevo concepto, investigado a fondo en estas obras, irrumpe con inusitado
vigor y hace tambalear las categorías establecidas a propósito de interpretar
la conducta humana (y por ende de las ciencias) que durante siglos se han
dedicado a desentrañarla: llámense psicología, educación, sociología,
antropología, u otras.
¿Qué es inteligencia emocional?
En más de una ocasión nos habremos preguntado qué es lo que determina que
algunas personas, independientemente de su cultura, estrato social o historia
personal, reaccionen frente a problemas o desafíos de manera inteligente,
creativa y conciliadora. Nunca antes se había considerado incorporar en el
análisis un concepto tanto o más importante que el cociente intelectual, como
lo es la inteligencia emocional.
¿Por qué algunas personas tienen más desarrollada que otras una habilidad
especial que les permite relacionarse bien con los demás, aunque no sean las
que más se destacan por su inteligencia?
¿Por qué unos son más capaces que otros para enfrentar contratiempos, o
superar obstáculos y ver las dificultades de la vida de manera diferente?
El nuevo concepto que da respuesta a éste y otros interrogantes es la
inteligencia emocional, una destreza que nos permite conocer y manejar
nuestros propios sentimientos, interpretar o enfrentar los sentimientos de los
demás, sentirnos satisfechos y ser eficaces en la vida, a la vez que crear
hábitos mentales que favorezcan nuestra propia productividad.
Otras habilidades que caracterizan a la inteligencia emocional son: suficiente
motivación y persistencia en los proyectos, resistencia a las frustraciones,
control de los impulsos, regulación del humor, desarrollo de la empatía y
manejo del estrés.
Es notable lo que se ha avanzado, en sólo diez años, en cuanto a la
investigación de la inteligencia emocional en distintos ámbitos del quehacer
humano: educación, salud, familia y empresa. Pero antes de detenernos en la
esfera de esta última, conviene que, para comprender mejor la importancia del
tema, echemos un vistazo al extraordinario mundo –biológico y psicológico– de
las emociones.
El vasto y misterioso mundo de las emociones
La emoción es definida como un ‘estado de ánimo que se caracteriza por una
conmoción orgánica, producto de sentimientos, ideas o recuerdos, y que puede
traducirse en gestos, actitudes, risa, llanto, etc.”.
La palabra emoción proviene del latín motere (moverse). Es lo que hace que nos
acerquemos o nos alejemos a una determinada persona o circunstancia. Por lo
tanto, la emoción es una tendencia a actuar, y se activa con frecuencia por
alguna de nuestras impresiones grabadas en el cerebro, o por medio de los
pensamientos cognocitivos, lo que provoca un determinado estado fisiológico en
el cuerpo humano.
Charles Darwin fue el primer científico en señalar que las emociones se han
desarrollado, en su origen, para preparar a los animales para la acción, en
especial en una situación de emergencia.
Cada emoción está vinculada a elementos fisiológicos precisos: tanto la
respiración como el tono muscular, el pulso cardíaco, la presión arterial, la
postura, los movimientos y las expresiones faciales.
Las pautas fisiológicas o musculares habituales comienzan a determinar por sí
mismas los estados anímicos.
Los elementos de una emoción son, pues, tres:
1) Una situación, que genera sentimientos, ideas o recuerdos.
2) El estado de ánimo consiguiente.
3) La conmoción orgánica expresada en gestos, actitudes, risa, llanto...
Cuando usted dice: ‘Fulano me sacó de quicio’, supone que la emoción es el
resultado directo de un hecho externo: lo que alguien hizo. Usted toma
conciencia de la emoción, pero no de la interpretación automática de lo
sucedido. No es posible reaccionar directamente a un hecho determinado, salvo
en circunstancias de peligro; con esta excepción, antes de reaccionar ante un
hecho tenemos que interpretarlo. Los sentimientos no surgen hasta tanto la
mente no haya captado lo que sucedió, y decidido su significado. Esa tarea es
realizada por la mente empírica, y la lleva a cabo tan automáticamente que no
nos percatamos de que la mente está funcionando. Todo lo que sabemos es que
reaccionamos emotivamente a algo que sucedió.
Los terapeutas cognoscitivos, como Aaron Beck, Albert Ellis y Donald
Meichenbaum, insisten, por eso, que en muchas circunstancias son los
pensamientos los que determinan los sentimientos.
Pero también es cierto que las respuestas emocionales, en su mayoría, se
generan inconscientemente. Freud tenía razón cuando describió la conciencia
como la punta del iceberg mental.
Los sucesos sin carga emocional, como los pensamientos, no desplazan tan
fácilmente a las emociones (por lo general, no basta con desear que la
ansiedad y la depresión desaparezcan para que así suceda).
La fuerza de las emociones
Cuando las personas buscamos situaciones como ir al cine, a los parques de
atracciones, comer bien, beber o consumir drogas, lo que estamos haciendo es
buscar recursos que pongan en marcha estados emocionales determinados.
Tenemos poco control sobre nuestras reacciones emocionales. Cualquiera que
haya tratado de fingir una emoción, o que haya percibido esto en otros, sabe
que es una tarea inútil. La mente tiene poco control sobre las emociones, y
las emociones pueden avasallar la conciencia.
Finalmente, cuando las emociones aparecen, se convierten en importantes
motivadores de conductas futuras, y no sólo influyen en las reacciones
inmediatas, sino también en las proyecciones futuras. Pero asimismo pueden
ocasionar problemas. Cuando el miedo se torna ansiedad, cuando el deseo
conduce a la ambición, cuando la molestia se convierte en enojo, el enojo en
odio, la amistad en envidia, el amor en obsesión, el placer en vicio, nuestras
emociones revierten en contra nuestra. La salud mental es producto de la
higiene emocional, y los problemas mentales reflejan en gran medida trastornos
emocionales. Obviamente, entonces, las emociones pueden tener consecuencias
útiles o patológicas.
El valor de las emociones
Nuestras emociones pueden proporcionarnos información valiosa sobre
nosotros mismos, sobre otras personas y sobre determinadas situaciones.
El haber descargado nuestro mal humor sobre un compañero de trabajo puede
indicarnos que nos sentimos abrumados por un exceso de trabajo. Sentir
ansiedad ante una próxima exposición puede ser una señal de que necesitamos
preparar mejor nuestros datos y cifras. La frustración ante un cliente podría
indicar que nos convendría encontrar otras formas de transmitir el mensaje.
Si escuchamos la información que nos proporcionan las emociones, podremos
modificar nuestras conductas y pensamientos con el fin de transformar las
situaciones. En el caso del arranque de cólera, por ejemplo, podríamos ver la
importancia de tomar medidas para reducir nuestra carga de trabajo o para
regular el proceso del mismo.
Como se aprecia, las emociones desempeñan un papel importante en el ámbito
laboral. De la ira al entusiasmo, de la frustración a la satisfacción, cada
día nos enfrentamos a emociones –propias y ajenas– en el trabajo. La clave
está en utilizar las emociones de forma inteligente, que es precisamente lo
que queremos decir con inteligencia emocional: hacer, deliberadamente, que
nuestras emociones trabajen en beneficio propio, de modo que nos ayuden a
controlar nuestra conducta y nuestros pensamientos para obtener mejores
resultados.
Las emociones definen quiénes somos, tanto desde el punto de vista de nuestra
propia mente como desde el punto de vista de otros. ¿Puede haber algo más
importante que entender lo que nos pone felices o enojados, nos entristece,
nos da miedo o nos deleita?
¿Por qué muchas veces nos resulta imposible entender nuestras emociones?
¿Tenemos control sobre ellas, o son ellas las que nos controlan a nosotros?
¿Podemos tener reacciones emocionales inconscientes y recuerdos emocionales
inconscientes? ¿Se pueden borrar los recuerdos emocionales, o son
permanentes?
Todas estas son preguntas que ha intentado contestar esta enorme corriente
surgida hace unos pocos años, y que hoy conocemos como ‘inteligencia
emocional’.
La naturaleza de la inteligencia emocional
El término inteligencia emocional es la capacidad humana de sentir,
entender, controlar y modificar estados emocionales en uno mismo y en los
demás. Describe aptitudes complementarias, pero distintas, de la inteligencia
académica, las habilidades puramente cognitivas medidas por el cociente
intelectual. Muchas personas de gran preparación intelectual, pero faltas de
inteligencia emocional, terminan trabajando a las órdenes de personas que
tienen un cociente intelectual menor, pero mayor inteligencia emocional.
Inteligencia emocional no es ahogar las emociones, sino dirigirlas y
equilibrarlas. Ejercer un autodominio emocional no significa negar o reprimir
los verdaderos sentimientos. Los estados de ánimo ‘malos’, por ejemplo, tienen
su utilidad: el enojo, la tristeza y el miedo pueden ser una intensa fuente de
motivación, sobre todo cuando surge del afán de corregir una situación de
adversidad, una injusticia o inequidad. La tristeza compartida puede unir a la
gente. Y la urgencia nacida de la ansiedad (mientras no sea sobrecogedora)
puede acicatear el espíritu creativo.
El cociente intelectual determina lo que sabe un ejecutivo, pero la
inteligencia emocional determina lo que hará. El cociente intelectual es lo
que permite entrar en una organización, pero la inteligencia emocional es lo
que permite crecer en esa organización y convertirse en líder.
Cada rol implica un patrón de inteligencia emocional diferente. Por ejemplo,
una persona no puede ser un vendedor eficaz si carece de firmeza y de una
tendencia a la sociabilidad. Pero otra persona que carezca de la tendencia a
concentrarse en los detalles y a la constancia en la tarea no brillará como
químico.
Ing.
JOSE LUIS HERNANDEZ C.
jlhc46@yahoo.es
Tlf. 056-9942815
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